18.10.2017
La Batalla de Birkewiese

La Batalla de Birkewiese

Abandonamos la seguridad de los muros de la fortaleza de Bosenfels, en Ostland para plantar cara a las hordas del Caos que se encaminaban hacia el Imperio y retrasar su avance.

En realidad nadie sabía por qué salíamos a campo abierto en busca del enemigo, donde no podríamos aprovecharnos de las defensas fortificadas.

Durante las jornadas de marcha que nos llevaron hasta Birkewiese, se extendió el rumor de que un Cazador de Brujas llamado Angus von Hidenhoff, traía órdenes del Gran Teogonista Volkmar. No obstante, aquello no cambiaba nada, los soldados estábamos recelosos ante el secreto de nuestro cometido en la frontera con Kislev.

Durante la última noche de paz que disfrutamos en aquella aldea, muchos hombres buscaron el consuelo entre las piernas de alguna ramera, otros fueron en busca de los peores tugurios que pudieran encontrar para empapar su miedo con una buena capa de Owd Ballbreaker o algún vodka kislevita.

Unos cuantos de mis camaradas y yo mismo nos alojamos en El Cuervo Colgado, una pensión bastante confortable. Los oficiales nos habían dado permiso para disfrutar de aquella noche como sólo sabe hacerlo un auténtico soldado de Ostland, pero nosotros tuvimos que contenernos ya que compartíamos estancia en aquella fonda con la plana mayor. Ante la perspectiva de sufrir los horrores de pasar sobrio toda la noche, me ofrecí para montar guardia. Tras relevar al centinela que custodiaba los establos en los que descansaban los caballos percherones que tiraban de nuestros dos grandes cañones, me arrepentí de haberme ofrecido, aquella noche hacía un frío tan afilado que cortaba la respiración, sin embargo, reinaba una tranquilidad fuera de lo común.

Aprovechando la soledad me introduje en la cuadra con la esperanza de encontrar un montón de paja seca entre la que zambullirme y entrar en calor tomando unos sorbos de un odre lleno de Oporto de Estalia que llevaba conmigo. Fue entonces, justo cuando me había acomodado, cuando oí unas voces que provenían de la entrada. Quise salir a ver quiénes eran pensando que se trataría de algunos camaradas borrachos, pero cuando distinguí la cara del Caballero Hans von Peterburg, que estaba al mando de un regimiento de Caballeros del Lobo Blanco, decidí no moverme de mi escondrijo, pues el castigo por haber abandonado mi puesto podría poner fin a mi carrera militar.

-¿Dónde está el centinela que custodia las bestias del establo?. ¡Era la voz de Rutger Auerswald!, el Sacerdote Guerrero de Sigmar que velaba por el alma de nuestras tropas. De él se contaba que el metal rojo con el que estaba hecho su Martillo había tomado ese color tras haber derrotado a incontables criaturas del Caos. Al parecer, Sigmar había bendecido aquel Martillo tornando su color metálico a un rojo sangre para que los enemigos del Imperio sintieran el poder de Sigmar previo al golpe mortal que los haría regresar al inmundo agujero del que proceden.

–Seguramente ande perdido y borracho en alguna esquina mientras alguna puta le vacía los bolsillos. Aquella voz rasgada, carente de emociones, surgió de los labios de Angus von Hidenhoff, el Cazador de Brujas formaba parte del grupo que se había reunido ante la puerta de los establos. Aquel hombre era alto y terriblemente delgado, su cuerpo parecía estar en constante tensión, y la cantidad de cuchillos y pistolas de pólvora negra que portaba, demostraban que era un hombre de acción. Se cubría la cabeza con el típico sombrero que los de su condición usan, no obstante, el ala del chapeo no ocultaba unos hundidos ojos que producían un escalofrío mayor que el temporal que estábamos sufriendo.

-En Middenland los soldados son fieles a la disciplina que el Conde Todbringer impone –dijo Hans von Peterburg-. Es por esto que nos hemos visto obligados a acudir a reforzar vuestro loco plan.

-¿Loco plan? Si no os parece bien, herr Peterburg, podéis coger a vuestros Caballeros y volver por donde habéis venido –respondió Rutger Auerswald-. Y si os tenéis por un hombre de agallas os invito a que os entrevistéis con el Gran Teogonista y le digáis a la cara que está loco, pues él es quien nos envía al norte.

-Señores, hace demasiado frío como para perder el tiempo discutiendo tonterías –interrumpió Angus von Hidenhoff, que ya estaba harto de las eternas disputas entre un Caballero del Culto de Ulric y un Sacerdote de la Iglesia de Sigmar-. Hemos salido aquí afuera, porque aunque parezca mentira, el frío hace que nadie quiera permanecer en el exterior más tiempo del necesario, así que vayamos al grano, yo tampoco deseo congelarme en esta mierda de pueblo.

-¿No esperamos al hechicero? –preguntó Hans von Peterburg-.

-No, está organizando unos legajos que lleva consigo. Al parecer cuenta con un Pergamino de Dispersión por si las cosas se ponen difíciles –contestó el Sacerdote-.

-De acuerdo –tomó la palabra Angus von Hidenhoff-. Como bien sabréis, el Sacerdote Guerrero Luthor Huss predica la Palabra de Sigmar y condena la corrupción de su Iglesia. Muchos miembros del clero han mostrado su descontento ante las acusaciones del Sacerdote renegado, en un intento de que la Iglesia lo condene oficialmente, estos clérigos han acudido con la demanda ante el Gran Teogonista Volkmar, pero para su sorpresa éste no les apoyó. Nadie sabe por qué Volkmar no muestra rechazo público ante las duras acusaciones de Luthor Huss. Casualmente ahora pesan sobre el Gran Teogonista los rumores de que está enloqueciendo, pues lleva enclaustrado más tiempo del recomendable y solamente consulta viejos libros y volúmenes polvorientos. La realidad es que Luthor Huss anuncia haber encontrado a un muchacho que encarna al mismísimo Sigmar, algo que ya en sí podría ser considerado como una blasfemia digna de un castigo ejemplar. Sin embargo, Volkmar quiere que ese muchacho sea encontrado antes de que el enemigo dé con él.

–Tengo entendido que una fuerza de avanzada compuesta por Bárbaros y Caballeros del Caos se dirige hacia nosotros ¿Tiene algo que ver con nuestra misión? –dijo Hans von Peterburg-.

-En efecto –contestó Rutger Auerswald-. Contamos con dos cañones, dos regimientos de Arcabuceros y otros dos de Lanceros al mando del Comandante Dominic Hausser, y otro de Espaderos al mando del Capitán Willhem Poppel.

-Habrá que vigilar de cerca a Poppel, es un patán y un cobarde, huirá ante la mínima sospecha de derrota –añadió el Cazador de brujas-. Como iba diciendo, Volkmar quiere que Luthor Huss encuentre al joven, tengo entendido que es un herrero de Lachenbad que responde al nombre de Valten. Es por este motivo que Volkmar no ha tomado represalias contra el Sacerdote renegado, además Huss nunca ha acusado a Volkmar de corrupto, incluso diría que comulga con sus ideas respecto a la corrupción de la Iglesia de Sigmar.

-¿Entonces debemos sumarnos a la búsqueda? –Preguntó el Caballero del Lobo Blanco-.

-No, esa es la misión de Luthor Huss, nosotros debemos impedir que la fuerza del Caos que ha tomado la delantera respecto al contingente de Archaón lo encuentre primero –dijo Rutger Auerswald-.

-¿Pero en verdad creéis que ese herrero puede ser la encarnación de Sigmar? Nadie de todo Middenland que estuviera en su sano juicio creería semejante afirmación –rió Hans von Petergurg-. No entiendo por qué Boris Todbringer nos envía a mis Caballeros y a mí a cumplir semejante campaña.

-No importa si ese muchacho, Valten o como se llame, es el Avatar de Sigmar o no –respondió Rutger Auerswald-. Si en verdad lo es, debemos dar con él antes que el enemigo, y por el contrario, si solo son las divagaciones de un Sacerdote renegado, será Luthor Huss quien cargue con la acusación de blasfemia. No obstante, las gentes del Imperio necesitan una esperanza ante la Tormenta del Caos que se cierne sobre nosotros, y no seré yo quien se la niegue contraviniendo las demandas del Gran Teogonista.

¡Aquella conversación era todo un descubrimiento! Por supuesto ahora sí que no me iba a mover de mi escondrijo, al menos hasta unas horas después de que se fueran, lo que conllevó que acabara meándome encima. Pero la alternativa era mucho peor ¿Quién querría verse acusado de espionaje por un Cazador de brujas? No me quedaba otra opción más que esperar a que se marcharan y mantener la boca cerrada.

-Sois conscientes de que es muy probable de que no regresemos de esta misión ¿Verdad?

–Comentó el Caballero-. ¡Pardiez! De haberlo sabido con suficiente antelación habría traído la Capa del Frío encantada por el sumo Sacerdote de Ulric.

-Tarde o temprano todos morimos, lo que importa es lo que hacemos cuando nos llegue la hora –comentó un abstraído Rutger Auerswald-.

-Volvamos dentro –interrumpió Angus von Hidenhoff-. Este frío va a acabar conmigo.

A la mañana siguiente, unos cuantos fueron echados en falta, el Cazador de brujas dio buena cuenta de sus nombres para que quedara constancia de los desertores y la pena  a la que se enfrentarían si eran capturados. Curiosamente, nadie se acordó de aplicar un correctivo al “desaparecido centinela de los establos”.

Tras organizar la partida reanudamos la marcha hacia la frontera con Kislev, pero nunca llegamos a alejarnos realmente de Birkewiese, al parecer, mientras nosotros ocupamos la población fronteriza, las fuerzas del Caos no detuvieron su avance y se adentraron en territorio  Imperial más de lo que nos esperábamos. Sin embargo, tuvimos la suerte de nuestro lado y pudimos organizar nuestras filas antes de ser detectados por sus exploradores.

Sus fuerzas avanzaban divididas para rodear una densa arboleda que de haberla atravesado les habría ralentizado. Sus Caballeros, unos enormes guerreros cubiertos por una bizarra armadura, montaban a lomos de unos grotescos caballos que en nada recordaban a nuestros corceles, ¡Aquellas bestias daban auténtico pavor!

Demostrando una absoluta falta de miedo ante cualquier enemigo que les pudiera plantar cara, los Caballeros del Caos se separaron del numeroso contingente de Bárbaros que les acompañaba y rodearon el bosque en solitario por la linde occidental.

En silencio, con la velocidad que caracteriza a los Arcabuceros de Ostland, tomamos posiciones en lo alto de una colina, aquella loma nos otorgaba cierta ventaja táctica sobre los Caballeros del Caos. El Comandante Hausser, dictaminó que el riesgo de posicionar juntos ambos cañones, bien merecía la pena si conseguíamos abatir a aquellos invencibles jinetes que se encaminaban hacia nosotros.

Las huestes bárbaras rodearon el bosque por la linde oriental sin saber que nuestros regimientos de Lanceros y Espaderos estaban prestos para cargar contra su avance mientras que los Caballeros del Lobo Blanco se disponían a realizar una maniobra envolvente y atacar por sorpresa su retaguardia.

Angus von Hidenhoff se unió a los Espaderos del Capitan Willhem Poppel y el Sacerdote Guerrero, Rutger Auerswald, tomó el mando de los regimientos de Lanceros.

El hechicero, aquel que anoche no acudió a la reunión clandestina que tuvo lugar a las puertas de los establos, se unió al segundo regimiento de Arcabuceros. Klauss Jensen, ese era su nombre.

De pronto, los cañones vomitaron sus primeras salvas, los disparos retumbaron como truenos por todo el campo de batalla. Los Caballeros del Caos fueron cogidos por sorpresa y sufrieron sus primeras bajas, aquel golpe de suerte elevó nuestra moral y un desafiante grito de triunfo se unió al sonido de los cañones.

Sin perder un ápice de tiempo, los Caballeros del Caos apretaron la marcha y se adentraron en nuestra distancia de tiro.

-¡Primer regimiento, abran fuego! –Ordenó el Comandante Hausser-. Una nube de humo lo cubrió todo y hasta que no se disipó no supimos el efecto de nuestros disparos. Cuando pudimos divisar de nuevo al enemigo descubrimos que los mosquetes de repetición de nuestros tiradores de élite acabaron con otros cuantos Caballeros del Caos.

-¡Segundo regimiento, abran fuego! –Rugió de nuevo la voz del Comandante Hausser-. Mientras recargábamos nuestras armas fui testigo del empuje con el que los Caballeros del Caos avanzaban hacia nuestra posición, ¿Cómo era posible que no sufrieran la más mínima vacilación ante las bajas sufridas? Aquella determinación por destruirnos me dio escalofríos.

Los Bárbaros avanzaron hacia nuestra posición, aquella innumerable horda sedienta de sangre se habría deleitado con nuestro pellejo si no se hubieran encontrado con las tropas que nos cubrían el flanco derecho. Los Lanceros cargaron sin piedad contra la vanguardia enemiga, y en una magistral maniobra, el Capitán Poppel ganó el flanco del regimiento enemigo sembrando el desconcierto entre los Bárbaros.

Los cañones dispararon sus proyectiles de nuevo, pero esta vez los Caballeros del Caos ya estaban sobre aviso y eludieron la trayectoria de las balas sin problemas. En una fulminante carrera, aquellos monstruosos caballos condujeron a sus jinetes ante el primero de nuestros cañones. La dotación, compuesta por tres artilleros, intentó desesperadamente aguantar la embestida poniendo la pieza de artillería entre ellos y el enemigo, pero fue en vano, solo procuraron diversión a los Caballeros del Caos.

¡Soldados, abran fuego a discreción! –Ordenó atropelladamente el Comandante Dominic Hausser-. Nuestra respuesta no se hizo esperar los cañones rugieron y otra densa pared de humo nos separó del enemigo.

La maniobra que trabó a los Bárbaros en combate había conseguido evitar que siguieran avanzando, pero hasta que no fue demasiado tarde no supimos que contaban con una fuerza de reserva. De pronto, otra banda de Bárbaros apareció de la espesura y emboscó a los Espaderos del Capitán Poppel.

Willhem Poppel, avanzó abriéndose paso entre los enemigos hasta dar con el líder de los Bárbaros, ambos intercambiaron mandobles mientras Angus von Hidenhoff le cubría con los disparos de sus pistolas y perforaba con su mortífera daga las costillas de los enemigos que se le acercaban demasiado.

-¡Por Sigmar! –Gritó Rutger Auerswald encomendándose a su dios e inspirando a los Lanceros que le acompañaban para que avanzaran con más ahínco ante el empuje de los Bárbaros.

Alzando su rojo Martillo de guerra desafió al caudillo bárbaro, que hambriento de obtener la gloria de haber derrotado a un Sacerdote Guerrero, se abalanzó sobre herr Auerswald.

Un tercer cañonazo devolvió mi atención hacia el flanco izquierdo, donde contábamos con haber destruido al regimiento de Caballeros del Caos. Cuando el humo nos dejó ver supimos que todos los enemigos habían aguantado perfectamente nuestro tiroteo.

El cañón que aún manteníamos se había mostrado ineficiente, tanto como nuestras andanadas de plomo.

Fue entonces cuando Klauss Jensen, el hechicero que estaba con el segundo regimiento, pronunció unas arcanas palabras y lanzó un proyectil ígneo sobre los Caballeros, unos pocos más sufrieron achicharrados cuando el metal de sus armaduras se caldeó hasta temperaturas insufribles, no obstante, el resultado fue menos letal de lo que esperábamos.

Nuestro flanco izquierdo estaba aguantando bien a pesar de que les superaban en número.

El Capitán Poppel aniquiló a su enemigo de un fuerte espadazo que casi le partió por la mitad, Rutger Auerswald seguía enfrascado en el combate contra aquel endiablado bárbaro que había demostrado ser un formidable guerrero. Los Bárbaros estaban empezando a perder terreno cuando de pronto una extraña y aterradora figura emergió de la nada y mediante oscuras artes maldijo a los Espaderos. Aquella muestra de poder sobrecogió a los soldados que procurando alejarse de aquella siniestra hechicera comenzaron a desestabilizar la formación. Con esperanzas renovadas, los Bárbaros tomaron la iniciativa y se adentraron por la brecha que los Espaderos habían provocado, ¡el flanco de los Lanceros había quedado expuesto!

El Cazador de brujas Angus von Hidenhoff no perdió el tiempo, descargó un golpe de revés con su daga y saltó sobre la hechicera. Descargó a quemarropa un pistoletazo, sin embargo, aquella bruja no se inmutó.

-¡Atención, disparen metralla sobre el enemigo! –Gritó el Comandante Hausser a la dotación del cañón para hacerse oír-. ¡Arcabuceros, descarguen una lluvia de plomo sobre sus monturas!

De nuevo aquellos demonios con armadura repelieron nuestros disparos como si fueran bolas de nieve blanda.

-¡Maldita sea! ¿Dónde están los Caballeros del Lobo Blanco? –Preguntó Klauss Jensen-. Cuando le miré, tenía toda la cara llena de hollín por nuestros disparos y la barba medio quemada.

No me di cuenta de lo desafortunado que fue su comentario hasta que vi cómo las filas del segundo regimiento se empezaban a desmoronar ante la cercanía de aquellos Caballeros del Caos y la perspectiva de la derrota.

Cargaron colina arriba alcanzando nuestra posición, su líder un gigantesco e inhumano Caballero, se separó del resto de sus hombres. A pesar del tamaño de su montura, saltó con suma agilidad por encima del cañón y descargó un fatal sablazo sobre el Comandante. Dominic Hausser murió ahogado con su propia sangre mientras su cadáver era trasportado en las fauces de aquel diabólico caballo, que cumpliendo con la voluntad de su jinete se encaminó a reunirse con sus caballeros.

Lanzamos otra descarga de nuestros arcabuces sobre los jinetes, ante la confusión supuse que el segundo regimiento nos había dejado solos, al menos Klauss Jensen se había escabullido, pues ya no escuchaba sus extrañas letanías.

-¡Sigmar lo manda! ¡Sigmar lo manda! –Repetía una y otra vez un enfervorecido Rutger Auerswald tras aplastar el cráneo de su rival con aquel formidable Martillo rojo que alzaba sobre su cabeza en señal de triunfo-. ¡Luchad sin cuartel Lanceros de Ostland! ¡No dejéis que mancillen nuestras tierras!

Angus von Hidenhoff yacía inconsciente ante la hechicera que lo miraba y dudaba si matarlo o reservarlo para después, como si de un juguete se tratara.

-¡Retirada Espaderos! ¡Replegaos y formad junto a la colina! –Gritó el Capitán Poppel al ver cómo sus soldados eran superados-. 

-¡No! –Contestó Rutger Auerswald-. ¡No abandonéis la lucha! cerrad filas con los Lanceros y presentada batalla, si os retiráis nos rodearán y moriremos.

Mientras unos soldados retrocedían y otros permanecían al lado del Sacerdote Guerrero, la bruja lanzó un sortilegio que destrozó la vanguardia de los Lanceros. El flanco derecho estaba perdido, solo unos pocos plantaban cara aún a las hordas de Bárbaros, que a pesar de haber perdido a sus caudillos, no dieron señales de querer abandonar el combate.

-¡Huid estúpidos! –Vociferó Willhem Poppel al ver rota la formación-. ¡Retiraaarg…!

La palabra murió en sus labios, el agujero de un balazo se abrió en su garganta y un hilo de humo emergió de su boca justo antes de que brotara un esputo de sangre. Angus von Hidenhoff había recobrado el conocimiento, aunque se encontraba postrado y había malgastado su último apóstol.

Los Caballeros del Caos estaban causando estragos entre los Arcabuceros. Su líder, cuyo caballo aún conservaba entre sus dientes el cadáver del Comandante Hausser, daba órdenes a sus subordinados para que se reagruparan y pudieran realizar una carga contra nuestro pequeño reducto de supervivientes. El segundo regimiento había huido o muerto y del primer regimiento apenas quedábamos vivos la mitad.

-¡Matadlos escoria! ¡Que no quede nadie con vida! –Ordenaba su líder-.

Cuando cayeron sobre nosotros nada pudimos hacer, ya nos habíamos hecho a la idea de que nos había llegado la hora cuando Klauss Jensen saltó sobre la grupa de aquel gigantesco caballo y pronunciando uno de sus hechizos reventó la coraza de su adversario. Klauss Jensen salió disparado por la onda expansiva y le perdí de vista.

De repente el suelo retumbó, pude oír el sonido de los cascos producido por los Caballeros del Lobo Blanco. A través de la arboleda emergieron en una feroz carga que cogió a la retaguardia de los Bárbaros completamente desprevenida. El entrechocar de sus martillos contra los cráneos de los enemigos fue música celestial.

Ya daba igual si ganábamos o no aquella batalla, al menos la fuerza de avanzada que nos había enviado el Señor del Fin de los Tiempos no podría encontrar a Valten.

-¡Loado sea Sigmar! –Gritaba Rutger Auerswald al ver a los Caballeros de Hans von Peterburg-. Soldados, la victoria es nuestra, solo os pido un último esfuerzo, apoyemos a nuestros hermanos de Middenheim. ¡Por el Emperador!

-¡Por Ulric! Arrasad cuantos enemigos osen cruzarse ante vosotros –Reía Hans von Peterburg mientras enarbolaba su martillo de guerra-.

Como una flecha que hiende la carne, los Caballeros del Lobo Blanco partieron la formación bárbara por la mitad. Coces, martillazos, topetazos… el desconcierto se apoderó de los salvajes enemigos, que ante la falta de un líder se desmoronaron y huyeron en desbandada.

Los Caballeros del Caos habían perdido a su capitán, sin embargo,  carentes de emociones, poco les importó. Se disponían a dar cuenta de nosotros cuando el cañón que su líder ignoró tras matar al Comandante Hausser  disparó su metralla contra la colina. Perdieron un par más de monturas y quedaron muy maltrechos, pero seguían siendo superiores a nosotros. Prácticamente comenzaron a ejecutarnos, no teníamos forma de plantarles cara. Lentamente fueron clavando sus espadas entre los soldados que allí nos encontrábamos, estábamos completamente desamparados y sin posibilidad de escapar. Klauss Jensen yacía tras de mí,  escupía unos feos esputos negros, no sé si era saliva sucia por el hollín o sangre, pero por su mirada supe que algo se le había roto por dentro.

La bruja miraba con incredulidad el desastre que los Caballeros del Lobo Blanco habían causado entre sus Bárbaros. Furiosa,  pronunció un extraño hechizo que me hizo temblar ¿Sería capaz de acabar con los Caballeros de Hans von Peterburg?

Arrastrándose como pudo, Klauss Jensen se desplazó hasta mi posición y rápidamente comenzó a desenrollar un pergamino y a recitar unas extrañas palabras.

-¡Maldición! –Gritó Rutger Auerswald-. ¡Nos matará a todos! ¡Herr Peterburg, tenéis que detenerla o abrirá un portal y traerá refuerzos!

-¡Avanzad lobos de Ulric! ¡Matad a esa bruja!... no llegaremos a tiempo –Se maldijo el Caballero-.

De pronto, un dardo silbó entre el humo. Las palabras de la hechicera cesaron de golpe cuando aquel proyectil se incrustó en su boca. Angus von Hidenhoff, seguía tendido en el suelo, sus piernas tenían una posición extraña, pues se encontraban dobladas en una postura imposible. Sin embargo sus manos funcionaban muy bien, al menos lo suficiente como para disparar una pequeña ballesta de mano e impedir a la bruja terminar su sortilegio.

-¡Perra! Nadie me guarda como un trofeo ¿Querías cogerme vivo? Tu arrogancia será tu final

-Rió el Cazador de Brujas-.

… algo salió mal, al no poder terminar el hechizo se creó una disformidad que lo consumió todo, nadie sobrevivió. Creo, creo, que yo me salvé gracias al pergamino que leyó Klaus Jensen.

Cuando recobré el conocimiento, todo estaba desolado, solo quedaban restos mínimos de lo que allí había sucedido. De no haber sobrevivido, nadie podría haber sabido jamás qué fue del Sacerdote Guerrero de Sigmar Rutger Auerswald, del Caballero del Lobo Blanco Hans von Peterburg, del Cazador de Brujas Angus von Hidenhoff, del Hechicero Klauss Jensen, del Comandante Dominic Hausser o del Capitán Willhem Poppel.

-Y ahora decidme, herr Huss, ¿Esto ha servido para algo? ¿Habéis encontrado a Valten? ¿En verdad es la encarnación de Sigmar?

-Aún no he dado con él, joven soldado. ¡Pero por Sigmar que le encontraré!